miércoles, 21 de enero de 2026

La niña que no paraba de llorar

En una casita coqueta nació una niña de ojos tan grandes que parecían querer abrazarlo todo.  

Desde sus primeros días lloró tanto, pero tanto tanto, que un pequeño hilo de agua salada escapó por la puerta.

Con el paso de las semanas, ese hilo se volvió un riachuelo, puro e inocente, transparente y cristalino.

La familia, con el corazón roto, no entendía cómo tanto dolor cabía en alguien tan pequeño. Pero el agua, nacida de su llanto, era hermosa y brillaba al sol como un manto de estrellas caídas.

Pronto, la gente curiosa llegó atraída por los rumores de un manantial milagroso. Decían que aquel riachuelo de lágrimas sanaba tristezas, o al menos, hacía que las propias dolieran menos. 

Se acercaban al nacimiento de aquel río y escuchaban el llanto de la niña. Sentían que sus problemas, comparados con los suyos, eran apenas tropiezos y no caídas.

Y el riachuelo creció y creció, recorriendo pueblos, ciudades y alimentando al mar que se volvió salado y melancólico. En la brisa se encuentra su canto de agua que quedará siempre impregnado de la ternura de una niña que, sin saberlo, había regalado alivio al mundo.

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